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MEMORIA EN TUS OJOS
Don Carlos
lo había sido todo en la vida, y tanto lo
fue que hasta de bueno todos lo laudaban.
Pero don Carlos había dejado de ser cuando
la memoria se le rompió en millones de
fragmentos, descomponiendo recuerdos y hasta
hábitos, en tantas piezas que él ya era
incapaz de rehacer el puzzle de su vida.
En el pueblo
decían que don Carlos la cabeza perdida
tenía, como en ocasiones ocurría con los
mayores, y ahora en estos tiempos mucho más,
pues a viejo ya más fácil era llegar como
casi imposible lo era cuando don Carlos vino
a ver la vida.
A don Carlos
una hija le llevó a Madrid, donde ella vivía
en la soledad de una familia partida y ahora
sólo compartida con su hija, pues el padre y
marido ya con ellas no compartía vida por
causa de una malquerencia, nada importante
pensó don Carlos en su momento, pero por lo
visto para sus hijos insalvable. Y la hija
con ella se lo trajo, para que el padre en
el pueblo sólo no estuviese, para que en la
ciudad lo atendiesen de aquella plaga, de
aquella pandemia cruel que con la desmemoria
desmochaba los castillos altivos de la vida,
de aquello que antes no se conocía y ahora
se temía con sólo nombrarlo, el Alzheimer.
Dejó don
Carlos la finca de sus padres, de sus
abuelos, de los abuelos de sus abuelos. Dejó
el pueblo que nunca quiso dejar, ni siquiera
cuando plaza de notario puedo tomar en la
capital. Dejó los recuerdos que ya no
recordaba, los libros que ya no sabía leer,
los folios donde se aferró en la escritura a
la memoria hasta que el Alzheimer lo
derrotó. Dejó sus galgos y su hija no
consintió que Frida, la galga que sombra era
don Carlos fuese con ella a Madrid. De nada
valieron las suaves lágrimas del hombre que
todo en la vida lo había sido, hasta bueno.
Llanto de viejo con la cabeza perdida,
vuelto al desamparo de la primera infancia,
pues la hija no pudo entender que dejando a
su galga, perdía la última referencia que
con su mundo perdido tenía don Carlos, ahora
reducido a la voluntad de los otros, él que
había sido siempre voluntad de muchos.
Don Carlos
en Madrid se agostaba hasta en los días más
fríos y neblinosos de un inverno que tampoco
lo era en una ciudad que se le hacía
agobiante, irrespirable y donde el ruido
sordo de tanto movimiento, de tanto
trasiego, de tanto ir y venir asustaba a su
mente perdida, encogiendo a un corazón y a
un alma que de aquello nada entendía.
La hija pronto marchaba al trabajo y su
figura familiar se diluía por otra, también
femenina pero irreconocible, la de aquella
chica, de hablar lánguido y meloso, de piel
aceitunada y tacto suave y amable. La moza
era quien le aseaba, le daba el desayuno y
lo preparaba para bajar, por aquel ascensor
que lo agobiada hasta el portal, donde
pacientemente esperaban al diminuto autobús
donde don Carlos se perdía en si mismo. Un
beso de la nieta y a bucear entre las calles
endiabladas de Madrid hasta llegar al centro
de día, penal del desamparo donde la
ansiedad no le daba tregua hasta que la
ciudadora de nuevo en el microbús lo
introducía. Vuelta a casa, acomodo en el
sofá
esperando a
que alguien a la cama le volviese, mientras
la pantalla lanzaba destellos de imágenes y
voces.
Y así los
días, las semanas, los meses transcurrían en
una monotonía que a don Carlos mataba,
encerrándolo, todavía más, en una especie de
autismo irrompible e impenetrable.
Una mañana
de primavera vino a caer por la capital del
Reino don Alberto, veterinario emérito del
pueblo, compañero desde la infancia de un
don Carlos que entonces era carlitos, y fue
a visitar a su amigo de toda la vida, con el
que había compartido charla, penas,
alegrías, cacerías sin escopeta y largos
vasos de vino de la tierra. Encontró al
compadre como si de otra persona se tratase,
sintiendo en el alma la punzada del dolor
más íntimo por aquel que todo lo había sido,
incluso buena persona. No sabiendo de qué
hablar con aquel no parecía nada entender,
fue a derivar la solitaria plática en la
galguita de don Carlos, que don Alberto bien
la cuidaba pues de su amigo era. Y he aquí
que los ojos de quien miraba sin parecer ver
cobraron cierto brillo, momentáneo, como
estela de cometa en la noche nebulosa de la
mente perdida de su amigo.
Siendo don
Alberto como lo era hombre observador, pues
del trato veterinario había aprendido a
establecer muchas veces sólido diagnóstico
sólo con indicios gestuales, descubrió que
algo había despertado en la sima donde
parecía recluido su amigo. Como buen tiempo
se anunciaba y puente festivo a la vista
estaba, y sabiendo de que la hija y la nieta
algún asueto necesitaban en el cuidado de
don Carlos, sugirió llevar consigo, sólo por
unos días al enfermo de nuevo al pueblo.
Don Carlos
vio como la memoria se revolvía en su
interior, lenta, dificultosamente al ver
como Frida, su galga, retozaba en su
derredor. Reconoció en ella a todas las
galgas, todas Fridas, hijas, nietas y
tataranietas de su primera Frida, aquella
que su padre le regaló una noche de Reyes,
el mismo año en que cumplió los seis. Y que
a todas las descendientes de aquella
primigenia quiso nombrar de la misma manera,
para tener siempre vivo el recuerdo de
aquella galguita que sombra infantil suya
fue.
Don Carlos
se vio yendo a la escuela, la maleta colgada
de la espalda y la galguita que le seguía al
trote, un rato por delante, otro por detrás
y casi siempre a la par, y que en la puerta
del colegio se detenía, buscando el poyo del
maestro donde allí quedaba hasta que
carlitos la escuela terminaba. Se vio
volviendo a casa, entrando por la cancela de
la finca, donde madre con el bocadillo le
esperaba, merienda compartida con Frida.
Luego los deberes, pues padre estricto era
con aquello de letras y números, pues se
había empeñado en tener por notario a su
hijo. Y mientras la memoria en acción ponía,
la galguita a su vera quedaba, haciendo
también a su manera los deberes en silente
compañía. Venía luego la cena, el trozo de
pan por debajo del mantel, visto por sus
padres que ver no querían la trastada venial
del niño.
Llegaron las oposiciones y otra Frida con él
se devanó los sesos y forzó la memoria en
compañía del licenciado Carlos. Por fin el
tribunal y la plaza que sentó en el pueblo,
del que nunca quiso salir. Notario en
compañía siempre de
su galga,
memoria de su memoria que ahora reconocía en
los ojos de su galgo, que por él recordaban
lo que había vivido.
Y es que don
Carlos volvía a ver su vida, los retazos de
ella a través de aquella mirada limpia,
humana, serena de su galga Frida, en la que
sin saberlo, sin tener conciencia de ello,
había descargado sus recuerdos, su
biblioteca vital, transmitida de Frida en
Frida. Y la sonrisa volvió al semblante de
don Carlos, empeñado en cruzar sus ojos con
los de su galga fiel, estableciendo un
puente por el que discurrían, en ocasiones
sin mucho orden ni concierto jirones de una
vida que había sido feliz.
Don Alberto
logró convencer a la hija de don Carlos para
que este quedase en el pueblo, a su cuidado,
a la vera de la galguita Frida, que era su
Lazarillo en el mundo oscuro e impenetrable
al que la crueldad del Alzaheimer le había
condenado.
Don Carlos,
que todo lo había sido en la vida, que tanto
lo fue que hasta hombre bueno sus paisanos
lo consideraban, volvió a ser, en su
interior quien fue a través de la mirada
siempre fiel de sus galga, hasta que una
tarde de verano, cuando el sol quería
ponerse, recordó a su esposa, a su amor que
le esperaba en otro mundo, y con ella se
fue, en silencio, en paz, mientras
acariciaba la cabeza de su Frida y se
despedía, con la mirada, hasta pronto, de
quien fue su compañera amiga desde aquella
noche de reyes cuando los seis años acababa
de cumplir.
15 de
diciembre de 2009.
Andrés López
de Ocariz y Ocariz
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