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Título: Dicen que por el camino de la vera galguea

 

Dicen que por camino de la vera, allá donde queda la torre de la princesa, que otros llaman de los moros, en las noches de luna de llena, cuando riela la luz del cielo sobre los campos, venciendo a las nubes del verano, del otoño, del invierno y de la primavera, una galga desde el cerro de la jaranera, galguea hasta el demolido torreón donde dicen que decían penaba una princesa.

Dicen unos que la princesa era infanta, otros que hija de noble sarraceno y algunos, los menos, que vino de tierras del norte, donde el viento siempre es helado en la horizontalidad de la galerna tormentosa. Dicen los viejos que era cristiana vieja, de blanca piel y sonrosados labios, rostro divino enmarcado en u óvalo que largos cabellos castaños que refulgían las mañanas ardientes de verano y las noches al hogar de la danza de las llamas de la lumbre de encina. Dicen los mayores que la dama mora era, morena de tez, negrísimos los grandes ojos almendrados que juego hacían con la jena brillante de su melena ondulada con la suavidad y el donaire de un torrente montañés. Dicen los jóvenes que tan rubia era que con el sol competía, playa de suave arena blanquecina era su piel, enjaezaba su faz con diamantes azulados que de hielo parecían derritiendo corazones. Dicen las mujeres, viejas o doncellas, casadas o ennoviadas que la chica era casi una niña, ni guapa ni fea, limpia la mirada, inmaculado el corazón, hija única no de un rey ni moro ni cristiano, ni bárbaro de allende de los mares, sino de un castellano malencarado, dueño de una torre por capricho de un conde que aquellos lares confió a su mala conciencia para atar en corto a los cortos pasos de los labriegos villanos.

Dicen que la dama cristiana, que la princesa mora, que la hada vikinga, que la muchacha de la torre, mala vida llevaba, pues el que la vida le dio casi presa la tenía, pues como joya única, como herencia de una esposa que muy pronto la muerte quiso cruelmente arrebatarle, la quería, como recuerdo vivo de lo que se le fue por la voluntad, el decía, no de Dios sino del demonio. Y así que como tediosos los días se la hacían, pues ni de las labores del hogar dejaba el padre carcelero que se ocupase, ni que entretuviese las horas con labores de costura o las dispersase con el laud, la moza buscó entre los perros que encerrados en corral estacado esperaban la época de la caza, compañía. Quiso nacer de entre los lebreles una galga de manto oscuro como lo noche y estrellado con una miriada de blanquisimas estrellas que hacían de su piel cuadro de marta gibelina. Y la dama, la princesa, el hada, la muchacha, adoptó a aquel can que juego si que hacía con su belleza y nobleza virginal de corazón.

El castellano, el rey moro, el noble cristiano o el normando de sangre linajuda nunca negaba capricho al espejo de su amor perdido, salvo en tener su imagen cautiva para sí, así que no pudo oponerse a aquel que se antojaba preciado lebrel fuese apartado de su jauría, orgullo de cazador.

La galguita pronto fue galga y sombra fiel de su señora, quien jamás hubo de usar con ella ni collar ni correa, pues con la mirada y el ademán natural de su dueña bastaba para guiar la voluntad del can. Formaron así pareja inseparable, día y noche juntas como hermanas anudadas en el lazo invisible e indisoluble del cariño fraterno. Servíale además la galga de manto divino para burlar el encierro sin barrotes ni cadenas, y con la excusa de templar y tonificar el músculo del noble animal, gustaba de pasear por los campos a la vez que el lebrel desfogaba su natural instinto, no siendo extraño que regresase con alguna libre en el Alda.

Quiso la fortuna o el aliento de la desgracia, que en una de aquellas jornadas vespertinas de libertad para ambas, topasen con un jinete. Unos dicen que moro era, otros que cristiano, otros doncel que quedó prendado de la muchacha. La joven rendida quedó también ante aquel que imposible para ella era, pues el padre había dispuesto que para él o para nadie más que el diablo, pues el cuello le cortaría si en manos de otro caía rendida. Fueron viéndose los jóvenes a escondidas, hasta que el mensaje malintencionado de alguno de los lugareños aplastados en su honra por el castellano, llegó a los oídos rabiosamente celosos del carcelero progenitor. Puso el grito en el infierno encerrando a la desgraciada hija de sus amores perdidos en el torreón que de castillo hacía donde no lo había.

Pero la audacia del amor hizo que la galga fuese mensajera para los amantes y al cuello anudaba en el azulado pañuelo de su ama las voces entintadas de los jóvenes. Y así, gracias al Hermes galguero los novios pudieron ensoñar un futuro que feliz sería en el imaginario, pues una noche el padre cancerbero acertó a tender celada a la galga, descubriendo en su cuello el engaño. Un certero tajo acerado segó el manto del lebrel, tiñendo con el rojo carmín de la muerte su piel de cielo siempre estrellado. Loco de furor misma muerte dio a la hija.

Dicen que por el camino de la vera la galga, cada noche de luna llena, sigue llevando el mensaje de los amantes anudado al cuello en el pañuelo azul de la desgraciada castellana.

 

 

Andrés López de Ocariz y Ocariz

 

03 de noviembre de 2009

 

 

 

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